De ese modo se fueron marcando dos posturas diferentes en el seno del Partido, ya debilitado por la falta de una fuerte propuesta nacional. Allí estaba el déficit del enfoque socialista, como quedó claro en 1945 con el surgimiento del peronismo. La acción política no debía agotarse en la reivindicación social. Se hacía necesario abordar el problema nacional, y no separar las conquistas en materia de justicia social de la cuestión de fondo, que era la liberación nacional. El país estaba cambiando. El proceso de industrialización derivado de la guerra determinó el desplazamiento de la población del campo a la ciudad. Se configuraba así un proletariado con perfil y motivaciones distintas a las que lo habían caracterizado hasta el momento
En ese marco de profundas transformaciones, con la llegada del coronel Perón en 1943 a la Secretaria de Trabajo y Previsión se inicia un proceso de reorganización sindical y se satisfacen aspiraciones largamente esperadas por los sectores obreros. A las medidas de carácter social acompañan otras de tipo nacionalista en materia económica, y el peronismo comienza a cautivar a una inmensa mayoría de los trabajadores. Incluso, a muchos socialistas.
Pero de allí en más pareció ensancharse una brecha entre un concepto global de Nación y reivindicaciones sociales por un lado, y el reclamo de libertades democráticas por el otro.
El peronismo, al dejar intactos los resortes del poder económico en manos de sectores privilegiados asociados al capital extranjero, y al profundizar una política de enfrentamientos con la clase media y con la Iglesia, generó las condiciones para una nueva ruptura institucional. Se llega así al golpe de Estado de 1955. |